El país que venera a las madres

La decadencia de un país se puede medir, entre otras muchas cosas, en la veneración a la madre, la infantilización ante los retos y el desequilibrio y falta de responsabilidad ante la vida. La decadencia, el ir a menos, es el reflejo de ese entorpecimiento en el desarrollo, ese aferrarse al pasado de manera antinatural, porque la vida ya no está ahí y no vuelve. Personas en decadencia que generan sociedades enteras.

Iré por partes. Vivimos en un país especialista en esto, en el que la madre es lo más importante, tanto, como para dejar la propia vida por ellas o jamás despegarse de sus faldas, creando personas infantilizadas, frustradas por no poder desarrollarse completamente, que viven sin asumir la responsabilidad de la vida, porque buscan justificaciones externas a un problema tan íntimo y tan difícil de ver, que cuesta si quiera reconocer como problema.

Los hijos que se quedan con las madres, no crecen. Son eternos niños, pretendiendo una adultez que suena fingida. Trayendo consecuencias que en la vida cotidiana no se adjudican a este tema, pero que ahí están latentes. Hijos que se meten -o los meten- en temas de pareja que no les corresponde saber, ni tomar partido, mucho menos tratar de solucionar, porque incluso crean bandos apoyando a la madre o al padre, viviendo una guerra interna, tan absurda como innecesaria.

Parejas que se rompen por intromisiones de la suegra, hijos divididos entre las madres y las parejas sin saber cómo poner límites sanos. Parejas que terminan porque al no ser prioridad, se desgastan. Hijos que jamás se van por cuidar de sus madres. Hijos que quieren ser perfectos. Personas que no saben cumplir su palabra y siempre encuentran excusas. Éxitos que se obstaculizan para no volar del nido. Sueños que se atrofian por sacrificios. Personas que no viajan, ni se van lejos, por no dejar a la madre.

Y no, no se me entienda mal. Ni estoy criticando a quienes son madres, ni mucho menos propongo aislarnos de ellas, tampoco hablo de una absurda falta de amor o respeto, por el contrario, planteo la posibilidad, de que la mejor forma de honrarlas es haciendo una vida propia, llena del éxito creado por uno mismo, para ser su legado, no para vivir pegados a sus faldas, esperando su reconocimiento, o viviendo un cuidado que sólo entorpece la vida de todos.

Tampoco es romper vínculos. Eso es imposible. Por fortuna no existen exmadres o exhijos. Son vínculos que al no ser elegibles, son irrompibles, más allá del tiempo, la distancia o incluso la muerte. Por eso es fundamental aprender a manejarlos para no caer en los excesos, por el contrario, asumir que se llega a una edad donde es ridículo vivir culpándolas y toca hacerse cargo de la propia vida para crecer, porque cada una ha hecho lo que ha podido, ni más ni menos, incluso a veces, si miramos detenidamente, ha hecho más de lo que se podría esperar.

Y claro, haré un paréntesis importante, porque en México parece que hay una especialidad en encontrar justificaciones, ¿y si falta dinero? ¿y si la madre ya está grande? ¿y si no tiene a nadie más? ¿y si está enferma? Vaya que hay casos. Hay circunstancias. Pero ¿todos los casos son así? ¿Cuántos casos conocemos de madres sanas, económicamente estables, que por decisiones propias están solas y los hijos ocupan lugares que no les corresponden?.

 

¿Y qué hay de la maternidad como imposición a las mujeres?

Un país que impone a las mujeres la maternidad como única realización, ya puede considerarse derrotado, porque coarta el principio de libertad, convirtiendo en un reto el vivir en un país donde parece que si las mujeres no son madres no pueden triunfar o realizarse, donde si no priorizan a su familia son unas desalmadas, o si no se sacrifican no corresponden al ideal católico que casi es pecado ignorar.

Imponiendo un papel de madre que sufre, sacrifica, que debe aguantar, callar y ceder su vida. En lugar de una maternidad elegida, responsable, que puede o no ser un proyecto de vida, que puede compaginarse con otros muchos, que puede ser el único desde una decisión genuina, con un margen de elección donde la presión no sea el juez que dicte sentencia.

Porque nadie habla que las madres tienen derecho a hartarse, a salir corriendo, que necesitan tiempo para ellas, que pueden no ser perfectas, que hagan lo que hagan cometerán errores, porque no hay ojo más injusto que el de un hijo, que hagan lo que hagan también cometerán aciertos.

Porque las mujeres a las que se les impone la maternidad, que no son capaces de desarrollarse, ¿qué vida pueden heredar?, ¿les queda sólo realizarse a través de los hijos?, ¿añorar toda la vida?, ¿acaso no hay más?.

Mujeres que deben tener los hijos que la vida decida enviar. Tener uno y de inmediato preguntarles para cuando el otro. Rebasar ciertas edades y cuestionarlas ¿y los hijos para cuándo?. Preguntas incómodas que nadie debería recibir, porque hay muchas formas de dar vida y cada persona debería tener el derecho de elegir cómo hacerlo. Hoy en día, las cuestiones de honor, equilibrio o éxito, ya no son sólo a través de una familia estable, sino de personas realizadas, satisfechas y felices con lo que son, lo que hacen y lo que tienen. Personas que saben compartirse, porque necesitamos de otros, porque no estamos solos.

No es negar la maravilla de la vida, de la unión de dos células y el desarrollo impresionante de un bebé. No es negar los cuidados que requiere y que en la gran mayoría de los casos recaen sobre las mujeres. No es negar la gratitud ante eso. No es negar el amor. Es saber mirar en la justa medida, más allá de los modelos establecidos, para encontrar respuestas, para ampliar las ideas y las soluciones.

Cada caso tiene sus particularidades. Las generalidades son necesarias en un artículo, pero en la vida cotidiana y en el trabajo terapéutico, es necesario crear modelos específicos de atención, a la medida de cada historia. Sanar o trabajar la relación con la madre es fundamental. Un trabajo que de no asumirse o postergarse, se padecerá toda la vida, pero al realizarlo, implicará un crecimiento mayor, un amor más sano, una distancia justa, una vida a la medida de lo que cada uno decida ser.

 

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 

One Response to “El país que venera a las madres”

  1. israel

    Tal vez el amor que mamá lo idealizamos tanto o aun más, como el amor de pareja, antes de ver que nuestra mamá es humana tambien, quien tomó buenas o malas decisiones, hasta llagar a donde llegó, incluso para que llegáramos al mundo, teniendo multiples circunstancias, cometiendo errores y aciertos teniendo defectos y virtudes, incluso a lo largo de nuestras vidas, puede que tenga gran influencia en nuestro desarrollo, y con las mismas variantes de que tenga o no razón que su amor sea incondicional o no. solo que bajarle dos rayitas a lo inmaculado, puro e impecable. OJO: sin perder la jerarquía que tienen sobre nosotros al darnos la vida.

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