El adiós que no nos pudimos decir

Para I y en memoria de A

Te conocí en el tiempo perfecto. No te esperaba, pero me sorprendiste con tu llegada en medio de una fiesta rodeados de pocos amigos y muchos extraños. Éramos los únicos que no entendíamos el ritmo que bailaban los demás, pero nos entendimos con unas miradas y las palabras exactas. Me gustaste. Te gusté. Ahí comenzó la historia.

Llegaron los mensajes, las llamadas. Comenzaron a brotar las primeras sonrisas, las genuinas. Queríamos calma. Ya habíamos devorado muchos amores y era momento de disfrutar cada paso, cada mensaje, cada salida. Llevábamos la calma de la mano. Recuerdo que la primera vez que saldríamos no pude llegar, mi compromiso con la amistad postergó el vernos. No lo resentimos. No desistimos. Sólo aplazamos, en medio de tus viajes y mis compromisos, ese encuentro que nos permitió unirnos y tomarnos de la mano.

Aún recuerdo la primera vez que nos vimos. Estaba nervioso. Conté cada paso que di para llegar a ti. Y ahí estábamos, frente a frente, hablando en una confianza y comodidad como pocas. Supimos que queríamos más. Las horas se pasaban volando y no podíamos parar de mirarnos, de escucharnos, de encontrar similitudes. Por fin comenzaba la intimidad. El mostrarnos. El descubrirnos.

Las llamadas se hicieron diarias. Sonreía a la menor provocación. Te convertiste en experto en sacarme sonrisas con sólo ver tu nombre en el teléfono. Me llamaste desde Miami, Las Vegas, Cuba, Guadalajara. Buscabas el tiempo para escucharme y eso me hizo sentir especial. Hablábamos lo justo. Decíamos lo justo. Nadie imaginaría que estabas contando las palabras, repartiendo tu tiempo para cerrar tus ciclos.

Viajamos una vez. El viaje fue un caos, pero de tu mano, todo fue más fácil. Los horarios no se cumplieron, la camioneta se descompuso, los organizadores parecían inexpertos. Descubrí tu carácter y tú el mío. Nos supimos calmar. Mi nobleza te apaciguó y tu fuerza me hizo admirarte.

Caminamos en medio del granizo, lo inmortalizamos con un video. En medio de aquel viaje que podía romper tu paciencia, nos encontramos en una cabaña simple, protegidos de la lluvia, esperando poder regresar. Tomamos algunas tazas de café. Nos acariciamos las manos y el alma. No vimos las mariposas monarca. No pudimos llegar a la cima. Pero las sentí dentro de mí y entre nosotros. Sentí su aleteo, su sutileza, su magia. Te sentí profundamente.

Seguimos. Me hiciste preparar sorpresas en días que para mí eran comerciales. Pero si tú me producías tanta magia, podía hacer que sucediera para ti. Sin darte cuenta me ayudaste a expandir mis horizontes, mis limites, me permitiste abrir los ojos ante mis cegueras y ceder en lo posible sin perderme. Parece que siempre quisiste mostrarme eso.

Hicimos planes. Soñamos. Pasamos noches entregándonos el cuerpo y tocándonos desde el corazón. Siempre me ha costado trabajo decir lo que pienso. Me asusta incomodar a otros o que piensen que lo siento no es importante. Por eso ahora no puedo parar de escribir, porque si no saco y ordeno lo que siento, el dolor terminará por devorarme.

No sé si los seres humanos presentimos nuestro final. Siempre postergaste el que fuéramos novios. Nunca llegamos a tener el título. Lo esperé y me quedé esperando. No lo entendí. Me dolió. Hoy quizá fue tu acto de amor más grande para protegerme de una despedida que doliera más, sin explicación, excluidos en el silencio.

Comencé a verte cansado, desmejorado. No me lo pude explicar. No sabía si era algo conmigo o con el trabajo. Dejé de saber de ti. Fueron días sin explicación, en medio de un silencio que me rompía por dentro. ¿Qué falló?, ¿qué ocurrió?, ¿qué hice?. La tortura de la duda taladraba cada respiración. Aprendí a conformarme, a guardarme el enojo, a llorar en silencio y a solas.

De repente apareciste. Habías estado enfermo y no podías comunicarte. Tu familia era hermética. Me dejaste ver algunos conflictos que eran complejos y añejos. Supe que algo se había roto. Necesitabas arreglar algo tuyo y no podía acompañarte en ese camino. No querías. No me tocaba. Después otra vez el silencio.

Supe que estabas mal de nuevo, que habías vuelto al hospital. Todos los días esperé que te recuperaras. Lo deseaba de verdad, aunque no estuvieras conmigo. Perdimos toda comunicación y las noticias llegaban a cuenta gotas. Te sabía mal, pero estable. Después de muchos días, y a través de un mensaje que fue como un golpe, supe que habías muerto. Me dolió tanto que hasta respirar era difícil.

No pude estar contigo. Tu familia no lo permitió. Esa delgada línea entre el respeto y el negarse a la realidad de lo que en verdad somos. Nunca supe qué pasó. Es tuyo. Lo respeto. No puedo juzgar. Pero cada instante vivido, me hace sentir la necesidad de tomarlo, de darle un significado aún más profundo.

Aún no encuentro el sentido de tu adiós, aun no encuentro los motivos reales y profundos del porqué nuestros caminos se juntaron. Pero algo tan bueno no puede tener un significado tan simple. La vida me está gritando algo y es momento de que le preste atención, esa será la mejor manera de recordarte, de agradecerte, de darle vida a todo lo que tuvimos, de engrandecerlo. Es el trabajo que ahora me toca emprender a mí y al que no voy a renunciar, para no entregarme al fatalismo de una realidad que tú mismo me hubieras reprochado. Jamás te diste por vencido. Y yo ahora, no puedo, ni quiero.

 

 

 

3 Responses to “El adiós que no nos pudimos decir”

  1. Josías Emmanuel Cortés

    Emocionante, apasionado y al transcurrir y finalizar impactante.

    Gracias por compartir, sorprendernos y conmovernos!
    Excelente como siempre!
    Un fuerte abrazo!!!

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