El poder de las mujeres

Me costó mucho verlo. Sola nunca hubiera podido. Normalmente sabemos cuando algo falla, pero nos cuesta aceptar que se nos salió de las manos y necesitamos ayuda. Te das cuenta porque se te agotan los pretextos, las explicaciones y las cosas ya no avanzan. Comienzan los ciclos que se repiten, con contadas diferencias pero que en esencia son lo mismo, una copia del anterior. Yo me había engañado demasiado. La comodidad y el placer, producto del poder, son difíciles de cuestionar. Nadie quiere hacerlo.

Por muchos años fui construyendo una carrera perfecta. Mi decisión, mi disciplina y determinación, me fueron consolidando hasta posicionarme como una de las mejores en mi área. Sé hacer mi trabajo y obtener los resultados que quiero. Siempre he tenido claro mi poder, el alcance de mis deseos y el saber conquistar seduciendo, imponiendo, negociando o controlando. Funciona. En lo profesional funciona muy bien. En el amor no. Ahí duele y corres el riesgo de quedarte sola.

A él lo conocí en el trabajo. Me gustó. No lo suficiente, pero me gustó. Yo llevaba un tiempo sola y amaba mi libertad. Siempre he sido una mujer independiente. Me fui fijando en él por la forma en la que me miraba. Poco a poco fue haciendo todo para que yo me sintiera bien y le prestara atención. Detalles, obediencia, ternura. Mucho de lo que buscamos algunas mujeres en el cuento rosa, aunque a la larga terminamos quejándonos un poco de esas características, porque llevadas al extremo terminan por infantilizar un poco.

Él venía de una pérdida muy grande. Yo me convertí en su refugio. Lo acepté. Ser lo nuevo atrae y asusta por igual. Pero yo era especialista en cambiar las cosas para adaptarlas a lo que quería. Por eso comencé a cambiarlo. A él no le pesaba. Cedía todos los días, con una paciencia inusual. Yo ordenaba y él obedecía. Él me daba su tiempo, su espacio, cumplía mis exigencias. Yo me sentía querida. Mientras eso se mantenía, todo funcionaba en una aparente felicidad.

La dinámica quedó establecida al poco tiempo. Pero la ignoramos. No reparamos en ella, porque está oculta, debajo de las ideas, las interpretaciones, las creencias y las teorías. Por ello es tan difícil descubrirla y poder cambiarla. Entre los dos, como siempre sucede, la fuimos creando. Aprendí a relacionar que si cumplía todo, me quería, sino todo se tambaleaba.

Los meses pasaron y la comodidad se fue rompiendo. Las cosas se tensaron entre los dos, porque comenzaba a cansarse y yo a sentir que no quería darme un lugar. A esto se unió la relación con su madre. Una mujer igual de dura que yo. Me incomodaban sus opiniones y la forma en que quería criticar nuestra relación. Después aprendí, que en ocasiones la compleja o incómoda relación con las suegras, viene porque queremos modificar lo que ellas enseñaron, para hacer a los hombres a nuestra manera.

Las discusiones comenzaron a llegar. Él ya no cedía siempre. Y sentir que pierdes el control, cuando siempre lo has tenido, es muy difícil de manejar. Fuimos creando una guerra sin cuartel, donde hubo lágrimas, chantajes, sumisión, que terminábamos por cobrarnos muy caro con silencios prolongados o incansables reclamos.

Jamás pensé que yo tendría que cambiar. Es más fácil pensar que es el otro el que debe hacerlo. Pero cuando algo se vuelve obligación y se aúna a la costumbre, es difícil desprenderse de eso y aprender a crear algo diferente. Ceder no siempre es fácil y negociar eternamente termina por cansar.

Hoy no puedo juzgar. He entendido que hacemos lo que podemos, lo que aprendemos, lo que nos funciona, y no siempre sabemos adaptarnos a las circunstancias de la vida. En los juicios nos perdemos, porque no nos llevan a entender lo que de verdad estanca, lastima o incomoda, creando nuevos círculos que atrapan.

No todo funciona igual. El amor tiene sus propias reglas. Él venía herido y arrastraba su pasado. Yo me convertí en la mujer que lo salva y sentí el derecho de cambiarlo y esperar que hiciera todo lo que yo exigía. Yo no quería repetir la historia de mi madre, y él era el hombre perfecto para sentir que no lo haría. Los dos somos el resultado de un pasado que sin reconciliación se vuelve una carga y una herida, de la que hay que defenderse, pasando incluso por encima del otro.

Tuvimos que comenzar a trabajar en nosotros mismos, para saber incluirnos y compartir la vida, evitando los juegos de poder. Para aprender a mirarnos sin el velo de las carencias. Para crear nuestras propias reglas, donde no tengamos que perder o someter. Donde no tengamos que ganar a costa del otro, ni vivir sacrificándonos. Donde el amor no duela  y podamos construir otra manera que sea más equitativa, más justa, a la medida de los dos.

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 

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