Amores que no se cumplen

Ana pasó tres años de su vida esperando a Ernesto. Se conocieron una noche de otoño. Él era el amigo de un amigo en la fiesta. Ella, por apatía, estuvo a punto de no ir, pero al final llegó. Iba sin ánimo. Llevaba dos años soltera, pero la ruptura con Oscar le seguía pesando. Habían estado juntos por siete años y tenía su vida planeada con ese hombre de mirada tierna y sonrisa fácil, que parecía dócil, pero que también necesitaba encontrarse a sí mismo.

Ana tenía una vida rutinaria repartida entre el trabajo, el cuidado de su madre, los recuerdos de sus pérdidas y las noches con insomnio. Cada día era similar al anterior. Tenía pocos amigos, pocas salidas y mucha amargura en el pecho. Nunca había sido una mujer vanidosa, era bella a su manera, sin mucho esmero. Se había dedicado a cuidar siempre a otros. Desde pequeña, cuando su padre se fue con otra y su madre se llenó de rencor contra él y todos los hombres, ella cuidaba de sus tres hermanos. Tenía tan sólo once años.

Ana creció con la idea de que los hombres se podían ir y las mujeres se quedaban solas y resentidas. Por eso cuando conoció a su ex, creyó que era la promesa de que todo sería diferente y comenzó a creer en el amor. Jamás imaginó que se iría. Su dolor fue tan hondo que por primera vez pidió ayuda. Así llegó con Alba, una mujer que con pasar las manos por el cuerpo, te leía como un libro abierto. Le dijo que estaba demasiado triste, más no deprimida, que había tenido muchas pérdidas, pero también mucha fortaleza. Eran afirmaciones ambiguas, pero en medio del dolor parecía que por primera vez alguien la entendía y la miraba. Ana se sorprendió tanto que comenzó a creer.

Cada semana iba con Alba, quien la ponía a meditar, encendía inciensos, recitaba algunas palabras en idiomas desconocidos y le guiaba visualizaciones que terminaban siempre en lágrimas. Ana necesitaba tanto llorar que lo veía como un desahogo necesario. Poco a poco se fue sintiendo más ligera. Confiaba en las predicciones de Alba y sentía que estaba progresando, sin darse cuenta que sólo huía de ella, y esperaba que Alba le indicara el camino.

La noche de la fiesta, que estuvo a punto de no ir, Alba la convenció de que saliera y se dejara sorprender. Era habitual que hablaran incluso fuera de las consultas y le diera consejos que Ana seguía al pie de la letra. Así que se sacudió, se arregló como pudo, agarró su bolsa y se aseguró de cerrar el corazón lo suficiente para que no se notara ni el interés ni la fragilidad. Pero cuando Ernesto la miró a los ojos, se filtró por alguna rendija y logró entrar de golpe. Le atrajo casi de inmediato. Era un hombre que sabía hablar. Olía bien y cuando la miraba la hacía sentir única.

Al salir de la fiesta decidieron caminar juntos. El miedo parecía adormecido con las copas. La caminata en medio de la noche fría, se volvió cálida al lado de ese hombre que con soltura tomó su cintura con una confianza inusitada. Ella se dejó llevar. Se sentía tan cómoda que lo invitó a su casa donde los whiskies y la música, dieron paso a los besos torpes que encendieron la pasión. Ana se sintió viva, acostada en su cama con Ernesto sobre tu pecho.

A la mañana siguiente, en medio de la resaca, él se fue y desapareció por dos semanas. Pero volvió. Ella lo cuestionó. Él dijo que no olvidaba a su ex. Ella le dijo que sabría esperar. Él se sintió comprendido. Ella necesitada. Él la comenzó a buscar y las pláticas terminaban en un sexo explosivo y desayunos donde se tomaban de la mano. Ella le hizo un lugar en su vida.

Los meses pasaron y cualquiera que los mirara, juraba que eran una pareja que planeaba un futuro. Pero no eran nada. Ernesto comenzó a desaparecer, primero un día, después semanas enteras. Ana dejó de cuestionar, porque jamás obtenía respuestas. Por ello decidió volver con Alba, a pedir su consejo. Ella le dijo: “Ernesto te quiere, pero necesita tiempo para descubrirlo y ordenar su vida”. Ana sintió esperanza. Días y días pasaron y Ernesto parecía más lejano cada vez. Ya no había besos, ni noches juntos, sino encuentros esporádicos donde él estaba pegado al teléfono y ella esperaba. Cada vez que la paciencia le fallaba, se repetía el augurio de Alba, para aguantar la espera. En medio de la soledad, cualquier promesa de compañía es un oasis para calmar la sed.

Muchas veces dudó de la profecía, las mismas que Alba se la reafirmaba con argumentos basados en historias y suposiciones. Los meses juntaron tres años y ella, desesperada ante un hombre que terminó por ignorarla, se aferraba a las promesas de la vidente.

Ana comenzó a desintegrarse y sumirse en una tristeza e incertidumbre tan grande que ya no sabía cómo decidir sola, ni a donde ir. Ernesto despareció y ella se vio en medio de la nada otra vez. La profecía no era verdad. Y ahí estaba frente a ella misma, endeudada con tres años de su vida, sin saber cómo comenzar. Necesitaba ayuda, no predicciones. Necesitaba sanar todo un pasado de pérdidas y repeticiones familiares. Necesitaba mirarse y sanarse por dentro. Ahí comenzó un nuevo camino.

La necesidad de esperanza es un negocio redituable. Vender mañanas como vender humo. Esperando que otro haga todo, prediga, limpie y acomode, mientras se cede cómodamente la responsabilidad de la propia vida. Los cambios se construyen y el problema viene cuando no se mueven las piezas necesarias para producir los resultados esperados. No se puede esperar resolver lo psicológico y emocional, con lo mágico o lo espiritual. Son dos campos distintos. Cada uno tiene su espacio y su importancia.

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 

2 Responses to “Amores que no se cumplen”

  1. Diana nava

    Amores que no se cumplen: platónicos e inalcanzables, bueno al menos en mi casa. Muy lindo tu artículo de esta semana. Gracias por darnos una estrujada con tus palabras

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  2. Seguro Ana tendria que mirar a su madre ,tomarla y tomar la vida que vino de ella y de su padre ,y tambien pedir permiso a sus ancestras para hacerlo diferente y aun asi seguir perteneciendo.

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