Los errores que acaban con el amor

Jamás imaginé ser de esas parejas que están comiendo y no se hablan ni se miran. Ahora lo somos, con descaro y sin orgullo. Llegamos aquí sin planearlo, pero día a día colocamos una piedra a ese muro que en este momento nos divide.

Nos conocimos hace unos años. Estábamos en la universidad, llenos de sueños, expectativas e inseguridades. Al conocernos tuvimos esperanza. Las dudas se fueron esfumando y éramos una llama ardiente. No podíamos quitarnos las manos de encima. Tus ideas me enamoraban, me atraían y fue inevitable admirarte y amarte.

Al salir de la universidad éramos la pareja perfecta. Estábamos llenos de sueños y metas. Pronto conseguimos trabajo y el mundo parecía nuestro. Al poco tiempo decidimos vivir juntos, con la ilusión de elegir departamento, de invitar a los amigos, de comprar los muebles que ocuparíamos para amarnos y después ignorarnos.

Por fin concretábamos el sueño de ser una pareja unida, sintiendo que el pasado jamás nos alcanzaría.

Las cuentas comenzaron a llegar, la vida se llenó de rutina, los horarios se alargaban en la oficina, y llegar a casa sólo era para dar un abrazo y dormir. Lejos estaban las duchas juntos, las largas pláticas con promesas incluidas, las cenas, las caricias y los besos febriles. La rutina nos ganó y el miedo se empezó a colar entre las sábanas y nos fue helando el corazón.

Día a día nos fuimos endilgando papeles que no nos gustaban pero que creíamos eran necesarios para mantenernos juntos, para llevar una casa, para evitar conflictos. Le abrimos la puerta a las suposiciones y se adueñaron de nosotros. Suponíamos que el otro se incomodaba, que el otro era hostil porque ya no amaba lo suficiente, que determinadas acciones se hacían para lastimar o que los regalos eran para ocultar acciones negativas o infidelidades.

Los reclamos se hicieron cotidianos. De los reclamos pasamos al silencio y en el silencio nos perdimos. Evitábamos hablar para no lastimar y se nos olvidó amar. Llegamos a un punto en que no podíamos recordar qué nos había unido, ni qué nos mantenía juntos.

Nos volvimos expertos en ignorarnos y hablar lo elemental. Éramos una presencia que tranquilizaba. Tu cuerpo junto al mío en la cama, tus pasos al entrar en casa, el sonido del teclado al ritmo de tus ideas, eran detalles que me calmaban y me dolían por igual.

Muchas veces quise correr y abrazarte pero temía tu rechazo. Me recordabas a mi madre cuando llegaba del trabajo cansada y estresada. Quería silencio y yo me tenía que volver invisible. Alguna vez te lo conté. Me habías prometido que jamás volvería a pasar por eso mientras estuviéramos juntos. Te amé aún más cuando me lo dijiste. Ahora sé que no podías reparar lo que no habías dañado.

Ambos sabíamos las heridas del otro y evitábamos tocarlas. No queríamos abrir la caja de Pandora de los recuerdos. Por mucho tiempo fingimos ser la solución a esos pasados no resueltos, sin ver que éramos el comienzo de un espejo que nos confrontó con todo lo que alguna vez nos marcó.

Todo lo que algún día nos enamoró, hoy es un reclamo. El ímpetu por hacer cosas sin planear se había vuelto impensable. Todo debía estar medido, controlado, en una vida donde el deseo era por compromiso y se desahogaba mecánicamente.

Y aquí estamos, en medio del murmullo de la gente, los platos y la comida china, cuando de pronto rompes el silencio y dices: no puedo seguir así. El muro se cimbra. Doy un sorbo a mi café y me agacho. De algún lugar saco fuerzas y digo: yo tampoco, pero no te quiero perder. Creí que ya nos habíamos perdido, dices.

El nudo en mi garganta se aprieta aún más. Recuerdo a mi padre con sus maletas, caminando hacia la puerta sin voltear atrás. Recuerdo cuando corrí hacia él y la puerta se cerró ante mí. Recuerdo llorar y gritar a mi madre. Recuerdo la soledad y el dolor seco. Tu voz diciendo mi nombre me regresa a ti. Me cuesta volver a la realidad. Te miro. No eres mi padre. No tengo seis años, pero se siente casi igual.

Te pregunto si quieres irte, me dices que no. Comienzo a llorar, no sé si de miedo o de alivio. Me doy cuenta que me he alejado tanto de ti para protegerme, por si algún día te ibas no me doliera demasiado.

Me dices que necesitas encontrarte. Sientes que te has convertido en mucho de lo que juraste jamás ser. Me cuentas que te viste por la mañana y encontraste la misma cara de fastidio que tenía tu padre. Lo pudiste entender. Pero no podías entender cómo llegaste ahí, cansado de vivir pagando cuentas, de sentirte rechazado y no hacer lo que te gusta.

Por primera vez estamos frente a nuestras pesadillas sin poder huir de ellas. Esta vez no podemos solos. Nos toca comenzar el trabajo interior, que llevamos algún tiempo postergado y que ahora es tan necesario para llegar a lo que alguna vez soñamos ser.

 

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 

 

 

 

4 Responses to “Los errores que acaban con el amor”

  1. Josías Emmanuel Cortés

    Aaaahww está super triste! Y tal vez sea algo como una ley natural, no? La vida moderna es agobiante y hay que buscar salidas a esa monotonía! Algunos logran encontrar esa llave a una relación duradera. Otros se pierden en sus propios egoísmos, que son la mayoría. Siempre es interesante el tema! Gracias por Compartir!

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  2. Iris Aguilar Vázquez

    Una forma de ilustrar con palabras sencillas lo que pareciera ser el mal actual. Directo, claro, sensible con las pausas necesarias. Ahora nos toca a nosotros mirarnos al espejo y preguntar, viajar a nuestro interior para encontrar las respuestas necesarias. Me encantó!!!!

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