El adiós pendiente

La historia nunca terminó. Los dos se quedaron unidos, aunque intentaron seguir con sus vidas. Su amor fue tan intenso como la herida que provocó el adiós. A veces así son los grandes amores, de los que se quiere salir huyendo para no tener que recoger los pedazos, aunque por cobardía se termina viviendo en pedazos.

Se conocieron una noche sin más. Uno fumaba, el otro lo miró y comenzaron a hablar. La noche los arropaba y las palabras fluían solas. Como pocas veces sucede, no sólo era atracción o comodidad, sentían que ensamblaban a la perfección, que algo los unía sin saberlo y parecían ser lo que tanto esperaban.

Ambos llegaron con el corazón un tanto roto. La vida, los padres, la familia, las parejas. En algún momento algo ocurre, no se cumple lo que esperas, te duele y a tu forma debes seguir. Pero ese encuentro simulaba la promesa que haría el cambio. Cada mirada, cada palabra, cada caricia, parecían hechas a medida, como si estuvieran creados el uno para el otro.

No había nada que ocultar, podían ser auténticos en la intimidad que construían. Sólo ahí. Afuera no. El mundo era hostil. Uno temía ser y el otro no podía dejar de ser. Uno vivía para ocultar lo que sentía y el otro no podía dar marcha atrás en su libertad. Cuando esto ocurre, poco se puede hacer, porque la libertad cobra cualquier titubeo: o la tomas y la asumes, o te lamentas y te castigas.

Poco a poco la magia se fue retirando. Las promesas se quedaron en el aire, flotando y esperando su tiempo. Querían unir dos caminos que difícilmente encajaban en la realidad. Porque en la privacidad de una habitación se pueden crear grandes universos, pero también se necesita el valor para salir a vivirlos y sostenerlos.

Quien es libre quiere experimentarlo todo. Quien se oculta de lo que es, necesita paciencia y en ocasiones sufre, miente y lastima. Así ocurrió. Uno necesitaba tiempo para asumir su forma de amar. Pero jamás pudo hacerlo. Prometió volver y no lo hizo. El final nunca llegó. Fueron los puntos suspensivos más largos, más duros, pero no eternos.

Después de muchos años se encontraron. Se volvieron fantasmas recurrentes. Y sólo ahí, en medio de la decepción, en medio del desconocer al otro y mirar su falta de valor, se pudo construir el final, porque quien quiere la libertad también tiene que asumirla y trabajar por ella.

Tarde o temprano, por mucho que quieras huir, sólo queda comprender que lo duro del adiós, es que toca construirlo en soledad, en medio de las lágrimas y las esperanzas rotas, en medio de lo que pudo ser y no fue, en medio de la intensidad que pocos pueden comprender.

Pero no es el reclamo el que libera, mucho menos el rencor que puede atar por años. Sólo el reconocimiento de lo que fue, de lo que fuiste, de lo que eres ahora, puede comenzar la reconciliación con esa historia que no tuvo el final que tanto se añoraba. Porque hay adioses que no dan la cara, y no por eso deben quedar inconclusos.

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 
  • mayo 29, 2017
  • blog

5 Responses to “El adiós pendiente”

    • Luis Miguel Tapia Bernal

      Las historias que se comparten, muchas veces enriquecen o muestran el camino de quienes ya se atrevieron a solucionar y sanar las heridas.

      Gracias por leer y comentar, es un gusto.

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  1. Siempre me sorprendes! A veces el adios pendiente, cuesta llevar, no sabes a donde dirigirte, quieres cerrar el ciclo, pero al final entiendes que jamas se cerrara, que siempre habra un adios pendiente.

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    • Luis Miguel Tapia Bernal

      Hay adioses que son necesarios trabajar a fondo porque están conectados con heridas del pasado, y al solucionar lo que se carga, es más fácil poder despedirse y dejar de cargar bultos innecesarios, para decir adiós con dignidad, aprender, seguir y vivir.

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    • Luis Miguel Tapia Bernal

      Muchas gracias por leer y comentar Alf, siempre es un gusto saludarte

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