Las trampas que nos construimos

Somos expertos en construirnos trampas, pero no somos expertos en salir de ellas. Construimos trampas en la forma de pensar, actuar y sentir, y todavía llegamos a justificarlas y defenderlas, y esto se practica casi como un deporte, porque ¿acaso no se necesita disciplina y constancia para construirlas?.

Es por ello que decidí escribir sobre la forma en que estructuramos las trampas y cómo creemos que podemos salir de ellas, pareciendo a veces un deporte por no resolverlas, porque a veces no se obtienen medallas, pero se obtienen otros beneficios por mínimos que sean, activando mecanismos de “solución” que no son los adecuados, porque como dice Confucio: “Los mecanismos mentales que utilizo para construir un problema son distintos de los mecanismos mentales que me sirven para resolver el mismo problema”.

Los problemas no son iguales, y las soluciones tampoco. Cada quien estructura, vive o percibe la realidad de distintas maneras, tan propias como diversas. Por ello es que muchas terapias ofrecen resultados a medias que no se pueden sostener con el tiempo, porque intervienen aplicando modelos donde el consultante debe adaptarse a la teoría, en vez de que la teoría se adapte al consultante y sus distintas formas de percibir y crear la realidad.

Es común ver, en varios modelos terapéuticos, que normalmente se busca interferir sólo en el origen del problema, cuando muchas veces, ese no es únicamente el problema mayor, sino que ahora, los intentos de solución que se ponen en marcha para querer resolver el tema en cuestión, son los que terminan por empeorar o agravar la situación inicial. Por ejemplo, cuando se termina una relación de pareja que duele demasiado, y a todas las personas con las que te encuentras les cuentas tu desgracia, en un principio funciona, porque te escuchan, porque pueden darte incluso la razón y eso reconforta, pero si no hay cambio, a la larga este problema se hace más grande, porque se puede convertir en un círculo vicioso en el que no pares de hablar y victimizarte, en vez de construir el duelo y salir de ahí. Por otro lado, en el silencio extremo, se puede guardar tanto dolor que asusta enfrentarlo al no saber cómo manejarlo y se buscan sustitutos o distracciones que sólo entretienen o buscan evadir pero que no solucionan, por el contrario, te reafirman que tú solo no puedes y genera la idea de mayor debilidad.

Es así, como en los deportes, con disciplina y constancia, se van creando formas de pensamiento y acción, que buscan “solucionar” y terminan siendo el mayor problema, porque el problema central se diluye o disminuye ante todo lo que se hace para solucionarlo, desde pensar demasiado o crear rituales para aminorar el miedo y ganar seguridad, o incluso hasta evitar o renunciar, por temor a enfrentar, dándonos imágenes distorsionadas de la realidad, de nosotros mismos y de las herramientas con las que contamos.

Es muy importante mencionar que estos intentos de solución pueden haber funcionado por un tiempo o incluso en situaciones específicas funcionen, por eso se busca reutilizarlos, creando un trampa en la que se cree que el error no es ese intento de solución, esa herramienta, sino que lo que falta es aplicarla mejor y más veces, por lo que se lleva al extremo la repetición, haciendo una y otra vez lo mismo, aunque se sigan sin obtener los resultados deseados. Lo que no se ve es que esa herramienta no funciona en esas circunstancias y se podría intercalar con otras, o aprender a desarrollar nuevas, porque más allá de que los intentos de solución que se activan sean los equivocados, el mayor error es la rigidez con la que se construyen y permanecen, es decir, que no se modifican ni se adaptan, sino que se persiste en ellos, volviendo dura la forma de construir e interactuar con la realidad.

Es justo ahí donde las trampas complican todo, por ejemplo, cada vez que se recurre a evitar o rechazar como intento de solución, nos lleva a comprobarnos que no podemos y necesitamos que otros lo hagan, y cuando lo hacen, nos confirma la propia incapacidad, y al saber que no puedo, evito, rechazo o busco ayuda que termina por no serlo al no saber manejar estas situaciones específicas. Lo mismo pasa cuando se piensa demasiado, donde además tendemos a aplicar lógicas lineales, donde uno más uno dan dos y todo puede explicarse con un enfoque deductivo, casi científico, sin ver que este enfoque, difícilmente explica las emociones y formas de actuar y pensar en la vida, ya que no garantiza que sea la forma correcta que permita la solución, porque puede volverse demasiado rigurosa y cuadrada y no sirve para todos los campos de vida, por otro lado se puede caer en la duda patológica, en la que no se sabe elegir o se desconfía de todo, entrando en un laberinto sin certezas del que es demasiado difícil salir por cuenta propia. Estos son sólo algunos ejemplos en que el exceso o la ausencia crean verdaderas patologías en muy poco tiempo.

Cabe recordar que cuando tenemos opciones variadas y vamos creando una danza donde se intercalan distintas formas de solucionar el problema, no sólo se vuelve más efectivo, sino que nos permite desarrollar mayores capacidades y recursos, mostrar los que ya tenemos y reconocer los que faltan para buscar compensarlos o desarrollarlos.

Estos son sólo algunos de los postulados de la Terapia Breve Estratégica de Giorgio Nardone, en el Centro di Terapia Strategica (CTS) de Arezzo, Italia. Una de las terapias más innovadoras, profundas y respaldadas en los últimos tiempos, y que tienen un grado de efectividad y profundidad mayor y cada vez más extendido por el mundo. Para mí, ha sido una de las mejores herramientas terapéuticas que he podido aprender y estar en constante actualización. Para más información o para una consulta puedes escribir y ponerte en contacto.

 

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 
  • enero 30, 2017
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