Las palabras que somos

“Es un flojo”. “Es un bueno para nada y muy tacaño”. “Es un energúmeno”. “Es igual que todas”. “Es tan dependiente y encimosa”. “Es tan manipuladora y controladora”.

Sea quien sea, cuando hay un reclamo, deberíamos comenzar por revisar nuestras emociones. Cada quien tiene concepciones de lo que es ser hombre o mujer, pareja, madre, padre, hijo, hermano, amigo, amante y un largo etcétera. No sólo las experiencias de la propia vida moldean la forma de ver las cosas, también las experiencias familiares dan concepciones que se heredan de manera consciente e inconsciente y mucho comienza con las palabras de las que, pareciera, muchas veces no nos damos cuenta del impacto que tienen sobre nosotros.

Pensamos con palabras, y a través de los pensamientos y sentimientos, creamos lo que percibimos como realidad, misma que, absurdamente, creemos que es única, olvidando que hay muchas realidades, como puntos de vista y perspectivas podamos tener. Esas palabras, pensamientos, emociones, son la forma en la que miramos y percibimos lo que nos rodea. Cada palabra tiene un impacto, y la forma en la que las usamos habla de nosotros mismos, nuestros contextos, nuestras formas de afrontar lo que nos gusta y lo que no. Así, cada vez que nos expresamos de determinada manera de una persona, situación o cosa, hablamos de nuestra concepción, lo que mi experiencia, mi historia, mi familia, mi contexto, me dicen que es. Sin saber que desde aquí podemos crear una gran liberación o una gran trampa que nos aprisione.

Palabras y palabras, representaciones con las que creamos o destruimos, demostramos u ocultamos, avanzamos o retrocedemos. Esas palabras que nos producen ideas, sensaciones, emociones. Esas palabras predilectas, esas otras que no gustan, esas que enamoran y hacen vibrar, esas que hacen temblar, esas que tranquilizan, esas que perturban y retumban por todas partes. Palabras y palabras, que son ideas, que alimentan ideas, que se transforman en acciones.

Todo comienza desde lo que soy, por ello sería bueno comenzar por preguntarnos: ¿qué palabras uso para hablar de mi o conmigo?, ¿me digo cosas positivas o negativas?, ¿de qué formas me expreso de lo que me gusta?, ¿de qué formas expreso lo que me desagrada, me hiere, o me enoja?, ¿cuántas de esas palabras son ecos de otros sobre mi?, ¿cuántas las saqué por conclusión con base a lo que viví pensando que es la única forma?, ¿son palabras amables?, ¿de defensa?, ¿de justificación?, ¿de victimización?, ¿de agresión?.

Después podríamos preguntarnos: ¿cómo se expresan en mi sistema familiar de mi?, ¿cómo se expresan de los otros?, ¿cómo hablan y qué dicen de temas como la pareja, el dinero, la salud, la vida? Y aquí deberíamos preguntarnos no solo lo dicho, sino también lo no dicho, las frases a medias, las indirectas, los adornos. Sin culpar, solo reconociendo.

Después podríamos mirar: ¿cómo permito que se dirigían a mi?, ¿cómo me dirijo a otros?, ¿cómo me expreso ante lo que me agrada y cómo ante lo que me desagrada?, ¿qué respuestas genero?. Asumiendo que la forma de ver la vida e interactuar, depende de cada uno y así se construye o deconstruye, con una responsabilidad que nadie más puede asumir.

Así cuando nos expresamos de determinada manera de nosotros mismos, de nuestra pareja, es la forma en la que también actuamos ante ellos, en la que nos concebimos o concebimos a los demás.

Cada vez que decimos frases como con las que comienza este artículo, creamos sensaciones y emociones en nosotros y en los demás, y despiertan reacciones de protección, de alerta, donde el otro se cierra, o responde de manera similar, enganchándose y haciendo interminable la guerra. Esas palabras, esas formas de mirar al otro, puede que estén contaminadas de heridas viejas, de lo que ya no deseo que se repita en mi vida, y me ponen en alerta, pueden ser que  las escuché de alguien más y he creído que una persona, o determinadas personas, son de ese modo, perdiéndonos en generalizaciones y alianzas que solo destruyen, porque no nos permiten mirar con nuestros propios ojos.

Sólo siendo conscientes podemos empezar a generar cambios. ¿Qué pasa si a todo digo que no, o a todo digo que sí? ¿Qué pasa si siento las palabras y me permito descubrir con cuales me siento mejor y desde ahí comienzo a construir nuevas formas de percibir y comunicarme? ¿Qué pasa si me voy haciendo consciente de lo que digo y busco modificarlo o enriquecerlo? ¿Qué pasa si me hago responsable de mi historia y me permito revisar esas frases que están presentes a veces sin que las comprenda del todo? ¿Qué pasa si me permito crear nuevas realidades que se ajusten más a lo que soy, lo que siento, lo que pienso, verdaderamente?

Es importante recordar que tampoco es crear un lenguaje rosa que maquille lo que siento, sino volverme consciente, y alinearme con lo que soy, lo que siento, lo que tengo, lo que doy y las forma en que lo digo y lo hago.

Una Constelación Familiar, te permite revisar a fondo de donde vienen estas frases, su impacto y su modificación, así como trabajar distintos temas sobre lo que ya no quieres en tu vida. Para más información o programar una cita, da click aquí.

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica.

 
  • diciembre 16, 2016
  • blog

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